Globalización para el nuevo mundo

David GothardMe permito comentar y traducir partes del artículo de Dani Rodrick “Death of globalisation consensus“. A principio de los noventa cayó el muro de Berlín y se puso un fin simbólico al periodo de la guerra fría. Algunos meses más tarde el sistema comunista colapsaría y la URSS se disolvería. El mundo entró a una etapa de transición dominada unipolarmente por EEUU. Los norteamericanos hicieron sentir el poder militar que los acompañaba a través de la operación “Tormenta del desierto“. Evidentemente, la unipolaridad del momento se reflejó asimismo en el campo intelectual, y no solamente a través del tremendamente citado trabajo de Fukuyama “el fin de la historia” (el fin es la democracia liberal capitalista) pero además por intermedio del manual para llegar a este estado: el famoso Consenso de Washington. Muchos mal interpretan el consenso y lo etiquetan como el germen de las políticas neoliberales; la verdad es evidentemente más compleja. Me cuentan que en la reunión de consenso, participaron dos renombrados economistas peruanos: Pedro Pablo Kuczynski (Phd. Princeton) y Richard Webb (Phd. Harvard), aunque no he confirmado ese chisme. Durante los siguientes 10 a 12 años se desarrollaron las políticas de reformas estructurales en la mayoría de países latinoamericanos, quebrados por la crisis de la deuda; y en algunos más. Además, durante este tiempo la globalización se profundizó.

Las políticas de reformas estructurales fueron luego complementadas con las llamadas “reformas de segunda generación” (aquí un capítulo relevante publicado por el Peterson Institute, conocido defensor de la globalización). Este complemento surgió ante la necesidad de incluir al Estado en las reformas, pues las de primera generación pusieron énfasis en el mercado. Como diría Felipe Gonzales, ex primer ministro español: “[se busca un estado] pequeño pero musculoso”.

Ahora bien, como todo en la vida, los ciclos acaban y otros comienzan. El mundo no ha sido siempre como lo conocemos hoy, y las ideas que dominan un tiempo no son fijas. Durante los últimos 3 o 4 años el mundo ha experimentado una etapa de crecimiento importante (del que el Perú ha sido partícipe, como antes lo ha sido también). Uno de los resultados más claros de este periodo de crecimiento sostenido a nivel mundial ha sido que las políticas consensuadas a inicio de los noventa han producido un aumento de la brecha entre los ricos y los pobres, un resultado poco claro sobre las ganancias de comercio entre países de bajos salarios, una integración financiera que facilita la especulación global, etcétera. Aunque la globalización ha permitido generar una prosperidad nunca antes vista (cientos de millones en el mundo han dejado de ser pobres) existen serios problemas:

“A diferencia de los mercados nacionales, que tienden a estar apoyados en agencias de regulación e instituciones políticas, los mercados globales sólo están débilmente “soportados”. No existe una agencia antimonopolios global, ningún prestamista de último recurso (como el BCR), ninguna safety net, y por supuesto, ninguna democracia global. En otras palabras, los mercados globales sufren de una débil gobernancia y por ello, de una débil legitimidad popular.” (1)

Rodrik continua: “La crisis sub-prime ha demostrado como la falta de coordinación internacional y de regulación puede exacerbar la inherente fragilidad de los mercados financieros. El aumento de los precios de los alimentos ha expuesto el lado negativo de la interdependencia económica sin transferencias o esquemas de compensación globales.” (…)

“Entonces, si la globalización está en peligro, ¿quiénes son realmente sus enemigos? Hubo un tiempo cuando las élites globales podían confortarse pensando que la oposición al régimen de comercio mundial era conformada por violentos anarquistas, proteccionistas, sindicalistas e ignorantes, incluso jóvenes idealistas. Entre tanto, ellos se consideraban como los verdaderos progresistas, pues comprendían que salvaguardar y profundizar la globalización era el mejor remedio contra la pobreza y la inseguridad.”

Este consenso sobre la globalización se ha marchado, como también se han marchado las masas manifestantes frente a cada reunión de la OMC o del G8 (por supuesto que siguen habiendo manifestaciones, pero no se haya repetido lo ocurrido en noviembre del 99 en Seattle). La tesis de Fukuyama fue dejada rápidamente por la de Huntington. En el ámbito de las ideas económicas, como señala Rodrik:

“Entonces tenemos a Paul Samuelson, el autor de un texto hito de economía post guerra, recordándoles a sus compañeros economistas que las ganancias de China gracias a la globalización bien podrían ser a expensas de EEUU; Paul Krugman, hoy en día el más renombrado teórico del comercio internacional, argumentando que el comercio con países de bajos ingresos no es más “tan pequeño” como para afectar la inequidad [visto desde EEUU]; Alan Blinder, un vice presidente de la Reserva Federal, preocupado por que el outsourcing internacional causaría cambios en la fuerza laboral de EEUU sin precedentes; Martin Wolf, el columnista de Financial Times y uno de los más articulados defensores de la globalización, escribiendo sobre su decepción sobre como la globalización financiera ha resultado; y Larry Summers, el jefe del Tesoro norteamericano y el señor “globalización” de la administración Clinton, reflexionando sobre los peligros de disminuir la regulación nacional [EEUU] y la necesidad de establecer estándares internacionales para la mano de obra.”

Es claro que esta opinión significa para los norteamericanos que el comercio, la globalización y la liberalización que promovieron está comenzando a dañar a sus trabajadores. Y claro, eso es algo que en el resto del mundo ya lo sabíamos pero ellos recién se percatan. Y no sólo eso, el debate presidencial norteamericano está inundado con este tema. Probablemente ganen los demócratas, pero incluso si ganase McCain, es de esperar cambios que reduzcan la exposición de los trabajadores norteamericanos. Rodrik considera que estos comentarios constituyen “a remarkable turnaround in the intellectual climate”.

La pregunta es, si estados unidos está tan preocupado por el efecto del comercio internacional sobre sus trabajadores ¿cómo deberíamos estar nosotros? Insisto en mi posición, que coincide con las líneas de Rodrik “ninguno de estos intelectuales está contra la globalización, por supuesto. Lo que ellos quieren no es darle marcha atrás a la globalización, sino crear nuevas instituciones y mecanismos de compensación -en casa e internacionalmente- que lleven a una globalización más efectiva, justa y sostenible. (…) Hoy la pregunta no es más ¿estás o no de acuerdo con la globalización? La pregunta es ¿Qué reglas debería tener la globalización?”.

Hace algunos días tuve la oportunidad de conversar con Alfredo Barnechea y comentábamos algo en la misma línea. Compartimos la molestia por la falta de coraje y conocimiento que lleva a demasiados economistas y políticos peruanos a pensar que no hay espacio para nada más fuera de lo que dicen los 7 libros que han leído.

Estamos ante un mundo nuevo y si algo se ha aprendido de las políticas implementadas en los últimos 20 años es el trabajo debe ser hecho en casa. Rodrik concluye: “Para que la globalización sobreviva, necesitará un nuevo consenso que la soporte. El mundo espera desesperadamente por su nuevo Keynes”. Para un economista, escuchar estas palabras es vibrante; especialmente de quien viene. Sin embargo, no estoy de acuerdo. Considero que otra lección de los últimos 100 años, especialmente en Latinoamérica, es que esperar por un líder, mesías, iluminado o todopoderoso que nos indique el camino correcto es un error.

Debemos comenzar a ser creativos y avezados, cuidar nuestras victorias y procurar nuevas formas de desarrollarnos que estén de acuerdo a un país multicultural, geográficamente diverso y disperso entre otras tantas características que nos hacen únicos. ¿Cómo nos integramos al mundo e integramos a nuestra gente para desarrollarnos y vivir mejor? Es la pregunta que nos debemos hacer con honestidad intelectual, no hay respuestas claras y por eso requerimos amplio debate y consenso. Cuídese querido lector, de quien le ofrezca respuestas sencillas.

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